Por Escribir

Entre la realidad y la ficción. Cuando la mente baga perdida sin el control de la razón y todo tu cuerpo la sigue como un sonámbulo furtivo. Ahora escribo por escribir, atrévete a leer por leer.

Escribe novela negra A.Dupin

A. Dupin

«Veinte años los que ahora son niños leerán mis escritos, y que esa lectura les hará reír, llorar y amar la vida, dedicaría todo mi tiempo y todos mis esfuerzos a esa tarea.» León Tolstói.

 

Escribir es invitar al lector a dar un paseo por lo más profundo de nuestra mente.” Roberto M. Guzmán.

Escribir por escribir.

Para escribir banalidades.

Cansado por escribir sobre cosas serias que enturbian mi mente e inquietan mi espíritu, hoy he decidido darme un descanso y dejar que mi mano bague y siga los caminos que crea oportunos guiando con ello el resto de mi cuerpo. No te preocupes, estoy bien. Solo quiero poner un poco de sarcasmo y otra pequeña dosis de ironía. Nada fuera de ese humor negro que tanto necesitamos. A ver si consigo arrancarte una sonrisa.

 

El gato de mi vecino.

Por escribir y contar.

El otro día escribí un relato. Yo pensé que era un relato entretenido, porque un chico aterrorizado por un ruido se metía bajo la cama y, cuando ya se sentía seguro de tal hazaña, se daba cuenta de que se había cagado en los pantalones.

Me pareció gracioso y creo que estaba bien contado, pero mis críticos, mis adorables críticos, tacharon mi cuento de escatológico. Tenían toda la razón, lo era, pero eso no impedía que la situación, por absurda, pareciera graciosa.

La verdad es que se cebaron con mi corto relato y de ahí pasaron a decir que no entendían el final. ¡Me pidieron que les explicara lo que quería decir! ¡Dios! Ellos son los lectores, ¡que entiendan lo que quieran!, si tengo que explicarlo estoy muerto. ¿Estoy muerto?

Para mí, al contrario que para Faulkner, y también como él, los críticos son y no son adorables. Por este motivo, cuando acabamos la sesión, opté por escribir de nuevo el final.

Ahora dice algo así como «…levantó la vista hacia la ventana y allí estaba, en el lugar donde siempre estuvo la pesada maceta de barro, el gato negro de mi vecino…»

Creo que he mejorado mucho mi cuento y todo gracias a mis adorables críticos. Sin embargo, dejando bagar la pluma como continuación de mi mano, para escribir sobre el papel las numerosas dudas que, sin saber por qué, me han asaltad.

¿Lloraba el gato de mi vecino por ser negro? ¿Lloraba por ser gato? ¿Lloraba porque no podía reír? ¿¡Por qué coño lloraba el gato negro de mi vecino sentado en la repisa de la ventana, justo en el lugar donde antes estaba la vieja y pesada maceta de barro rojo!? ¿Lloraba?

Esa es la pregunta que continuamente me hago desde aquel día y que, incluso, no me deja dormir. Que me despierta por las noches. Que me hace levantarme de la cama para meterme debajo de ella y darle vueltas y más vueltas sin poder llegar a una solución.

Luego, perseguido por la frustración que asola mi espíritu y hastiado ante la evidencia de mi estéril imaginación, acabo sentado en la taza del váter donde, por fin, me doy cuenta de que el gato de mi vecino tenía un parche en un ojo y una pata de palo. ¿Será acaso por eso por lo que lloraba el gato de mi vecino?, pero ¿lloraba?

Sí, queridos lectores, este es el riesgo de escribir por escribir, que nunca sabes ni cómo empiezas ni dónde acabas.

Para escribir.

Para escribir, utilizo la pluma estilográfica. En algún lugar he leído que escribir a mano excita la imaginación.

Como en otras muchas ocasiones, leo sobre cuestiones que ya conozco. Me resulta muy útil por que de esa forma me doy cuenta de que ya lo sabía y lo aprendo de nuevo.

De sobra sé que no soy una de esas mentes inteligentes que los sabios añoran para que estén cerca o que buscan para acudir a ellas.

Ni siquiera estoy seguro de que la inteligencia exista. Para escribir no la necesito. Otras muchas cualidades me ayudarán.

Debo reconocer que no se me había ocurrido, como a Job, preguntar a las gentes si conocen algún lugar del mundo donde la inteligencia exista, ¿para qué?, si yo no sabría utilizarla. El pobre Job, modelo de la paciencia, aún sigue esperándola.

Os preguntaréis por el motivo por el que os cuento todo esto. Por dos razones.

La primera es porque me he perdido, y la segunda porque yo ya he experimentado esa sensación de fluidez que se produce en mi mente por escribir a mano.

Escribo con pluma o con un bolígrafo de tinta líquida, un roller.  De esta forma el ejercicio de la mano es más rápido, más suave. De esta manera la escritura fluye como el agua de un río.

Escribir con pluma es una de mis debilidades. Practico este juego cuando lo hago. Dejo que mi mente bague y que mi mano vaya recogiendo los pensamientos inconexos que produce. Escribo por escribir y, en ese momento, mi mente solo existe para escribir; es decir, para que mi mano escriba.

 

El género masculino está en peligro de extinción.

«Las letras y los dibujos eran hermanos de padre y madre: el padre el lápiz afilado y la madre la imaginación.» Carmen Martín Gaite.

A veces, las banalidades se convierten en incoherencias o, quién sabe, en reflexiones que podrían llegar a ser coherentes. Se trata de escribir por escribir, solo eso.

Seguramente que las grandes «grurúas» ya tendrán pensado algo al respecto de este maldito concepto ideológico (a «masculino» me refiero). La guerra de géneros tiene un franco y anunciado perdedor.

Supongo que será algo tan sencillo como que el abuelo pase a llamarse «abuela macho», perdón, «macha» que el padre se llame «madre macha» y así sucesivamente.

Es lo más sencillo. Esta gente no se rompe la cabeza, ¿para qué? Ellas (o ellos, que también los hay) aún no han descubierto que sirve para pensar, como la pluma me sirve para escribir; total, lo del leguaje les da igual, mientras acabe en «a». ¡Que aburrido!

Luego percibirán que por tanto poner el sobre nombre de «macha» a todas las palabras masculinas para convertirlas en femeninas, la «macha» ocupará todo Google y la hembra no aparecerá, con lo que volverán a cambiarlo todo.

 ¿A una nueva solución? No, a la precedente. A la de toda la vida. De nuevo es lo más sencillo, pero jurarán sobre la Biblia que no es la misma, que es nueva, diferente, y así no tendrán que dar más explicaciones.

Sencillo, por escribir esto en un papel y colgarlo en Internet nadie se va a extrañar. De paso habrán movido el presupuesto y en el trayecto… algo siempre queda. ¿Dónde? ¡Por favooor!

Lo peor es que todo el rebaño (perdón, la «rebaña») lo creerá, aplaudirá y gritarán enfervorizados.

La barbarie, amigo Ortega, esto es la barbarie que anunciaste. Perdón, que es femenino y esa palabra con ese significado tan negativo no puede tener ese género; supongo que le cambiarán el artículo y la llamarán «el barbarie». Para escribir eso no es preciso descabezarse mucho y suena mejor,  mucho mejor, ¿no?

«Si te ha gustado, puedes dejarme un comentario. Será un placer conocer tu opinión y responderte. Es muy útil para mí la opinión de mis lectores.

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A. Dupin.

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