Mente Criminal

Te contaré algunas de las emociones que viven los dos personajes más importantes de una novela negra en una auténtica carrera de persecución con objetivos antagónicos.

novelanegra

«Supongo que es tentador tratar todo como si fuera un clavo, si la única herramienta que tienes es un martillo.» (Abraham Maslow)

Por qué existe la mente criminal.

El ser humano no puede vivir si no es en sociedad. Esta obviedad trae consigo otras que no viene mal recordar ahora.

Para vivir en sociedad y que nos respetemos los unos a los otros, existen las normas, sin ellas no podríamos hacerlo.

Las leyes no servirían de nada si no hubiera una forma de asegurar que se cumplen; para eso existen instituciones públicas y privadas: policial, judicatura, abogacía

Por múltiples razones, una mente criminal se ha empeñado en transgredir las normas sociales de convivencia para vivir al margen de ellas.

Esta decisión desencadena unos mecanismos de autodefensa social impulsados principalmente por las Instituciones que se encuentren afectadas.

La decisión del delincuente pone en marcha a ciudadanos, detectives, policías, abogados, procuradores, jueces, fiscales, psicólogos, forenses, administrativos… y escritores, por supuesto.

Por lo tanto, podemos decir sin miedo a equivocarnos que la mente criminal se encuentra ligada necesariamente al delincuente.

Su decisión de transgredir el orden establecido pone en marcha a todos los demás que se verán, en mayor o menor medida, afectados.

Todos tratarán de desentrañar las preguntas que surgen de sus acciones: qué, cómo, dónde, cuándo…

Pero tenemos que tener muy claro que es la existencia de La Ley la que trae consigo, inevitablemente, la presencia del delito: La Ley traza una sutil línea dejando a un de sus lados el mundo de la luz y al otro el de las sombras. Tú eliges.

El punto de vista de un escritor.

Vaya por delante que en este artículo no pretendo dar una clase magistral sobre criminología ni tampoco sobre el funcionamiento de una mente criminal. 

Mi cometido es mucho más modesto. Se trata de un mero juego. Voy a tratar de explicar en qué consiste.

Como ya os dije anteriormente. La decisión del delincuente de delinquir pone en escena a unos cuantos actores más. 

Tratar de ponerme en la piel de cada uno de esos actores a la hora de desempeñar su papel es mi objetivo; así, iré contándote como lo veo yo desde mi punto de vista de escritor.

Ya sé que el mundo de las emociones es enteramente subjetivo y propio de cada persona en particular.

De este modo, parto sobre la base de que no hay dos delincuentes iguales, lo mismo que tampoco hay dos abogados iguales. El motivo es muy sencillo: no existen dos seres humanos iguales.

Soy perfectamente conocedor de la concepción de múltiples clasificaciones de delincuentes como las puede haber de escritores, por ejemplo. 

De nada serviría incidir en el aspecto clasificatorio, ya que dependiendo del criterio utilizado obtendríamos una u otra completamente diferentes.

No obstante, nunca pierdas de vista que mi enfoque, al analizar la mente criminal, es el de un humilde escritor de novela negra y que he llegado a estas páginas con el único objetivo de que pases un buen rato.  

 

 

El ojo es el principal acceso a la mente criminal

El delincuente.

Es una de las piezas imprescindible en la novela policíaca. Normalmente desempeña el papel del antagonista, el malo. Es el que nos mostrará todo un submundo oscuro y real que vive y se retroalimenta al margen de la ley y, a veces, coexiste con ella en total complicidad como un componente necesario de la misma. Por supuesto que no siempre es así, porque puede erigirse perfectamente en el verdadero protagonista o, incluso, en el bueno. Hablamos de personajes, no lo olvides. Te mostraré dos ejemplos.

El impulsivo.

Se trata de un tipo de delincuente muy común. Es probable que sea el más común y numeroso de todos.

Como el propio nombre indica, en una novela de investigación criminal, este personaje actúa impulsado por la necesidad del momento.

Evidentemente no ha entrado a valorar las consecuencias de su acción. No ha tenido tiempo ni el hábito de hacerlo.

Él siempre actúa así: lo quiero y lo quiero ya. Si algo le estorba en su camino lo aparta o lo elimina, según sea más fácil.

Se mueve con la seguridad que le da la fuerza, nunca la inteligencia; él no la necesita.

El organizador.

Es todo lo contrario al impulsivo.

Este delincuente no actúa nunca sin un plan preestablecido que le garantice, en la medida de lo posible, salir indemne de la comisión del delito.

Pasa horas planificando, valorando las distintas opciones que tiene: horarios, turnos, visitas, etc.

Su capacidad de improvisación suele ser escasa, por eso, cuando surge un contratiempo y el plan previsto se va al traste, tiene dificultades para salir bien de la situación.

Es menos habitual que el impulsivo y muy propenso a actuar solo. Cuando lo hace en grupo, tiende a ser el organizado y dirige el grupo.

Como puedes ver, ambos tipos se complementan y se necesitan. 

El impulsivo y el organizador

Emociones de una mente criminal.

También las emociones se encuentran íntimamente relacionadas con la personalidad de cada uno de estos delincuentes; así, siguiendo los dos ejemplos anteriores, el impulsivo, antes del delito se moverá guiado por la rabia, la venganza, el hambre y otras emociones de tipo visceral y primitivo; o por ninguna, si ha cometido el delito de forma accidental.

Después del delito, básicamente dos emociones: la euforia o el arrepentimiento. Es en ese momento posterior en el que se pensará en ponerse a salvo para que no lo atrapen.

Por su parte, el organizador, en su tarea planificadora se tiene por una persona diferente, un delincuente especial, inteligente, capaz de burlar el orden establecido; es más, desprecia al investigador por considerarlo inferior y establece con él una especie de competición intelectiva del tipo: «a mí no me pillas tú…», seguido por un calificativo despectivo.

Este delincuente tiene muchas posibilidades de salir airoso sin ser descubierto, pero la suficiencia y prepotencia lo llevarán a la seguridad de que se encuentra fuera del alcance del pobre y triste investigador, por lo que repetirá hasta caer.

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